
Labios
Mes de octubre de 2008. Mis amigas y yo nos aventuramos a realizar un trabajo de etnografía en el Club Bar-Restaurante LIPS. El punto de reunión para salir fue mi casa. Eran las 9:00 p.m. y nos seguíamos arreglando para nuestra aventura. Cuando el reloj marcó las 9:45 p.m. nos dispusimos a marcharnos y en ese instante nos percatamos que la llanta del carro se había averiado, tuvieron que repararla de inmediato. Creímos que no era muy buena señal y pensamos que no debíamos ir, sin embargo la arreglaron y nos fuimos.
Al llegar al lugar, recuerdo que nos estacionamos en los alrededores del redondel Masferrer. Casualmente ese día las cuatro señoritas íbamos escoltadas por seis chicos, ya que en el local no dejan entrar a las mujeres sin un acompañante hombre. Nos ubicamos en una de las mesas de la segunda planta del local, nos sentamos justo en frente de dos pistas de bailes, donde, por supuesto, había bailarinas sobre ellas.
Me fue complicado adaptarme al ambiente del LIPS, pero con esfuerzo lo logré. Es difícil creer que en un lugar donde el contexto es puramente sexual y el calor que se crea a raíz de eso es bastante fuerte no exista aire acondicionado, sino que, en lugar de eso, haya cuatro ventiladores grandes para que el público se refresque.
Aparte, me parecieron increíbles los precios tan costosos de las bebidas, incluso del agua. Aunque con el cover tuvimos derecho a una bebida, todos optamos por beber soda o agua, solo un amigo de nosotros pidió cerveza.
También para mi sorpresa en el club me encontré a un presentador juvenil del canal 33 que se llama Juan Carlos. Él, al percatarse de cuatro mujeres en un lugar para hombres, se sorprendió mucho y rápidamente se fue para el salón continuo. Puedo suponer que se salió, porque es “anormal” ver a unas mujeres-público en un lugar con ese estereotipo. Pudo pensar que éramos periodistas o algo parecido. Aunque no éramos las únicas del sexo femenino en el local, a excepción de las más de 20 bailarinas, había una pareja de casados en el lugar y puedo asegurar que eran marido y mujer, ya que los dos portaban el anillo de matrimonio. Fue curioso observar que disfrutaban del espectáculo y colocaban dinero a la chica que se encontraba bailando.
Por otro lado, las bailarinas entran al escenario con una mínima cantidad de ropa que, poco a poco, se van despojando de ella hasta llegar al punto de estar totalmente desnudas. Se mueven con cinco canciones seguidas. En las primeras dos melodías, que son bastante bailables, en su mayoría “reggaetón”, se deben quitar la ropa porque a partir de la tercera tonada ya tienen que estar totalmente desnudas. La última es una balada en la que están obligadas a mostrar sus destrezas en el tubo que está en medio de la pista.
Finalmente, por la mínima cantidad de un $1.00 uno puede tocar lo que desee a la bailarina, pero prohíben meterles el dedo. En su tiempo de baile, si se desea algo más con ella se arregla en el momento, lo trasladan a un lugar un poco más “privado” que tiene el local, un salón al que no todos tienen acceso.
Nuestra aventura concluyó a la una de la madrugada. Las experiencias siguieron cambiando en las siguientes seis veces más que asistimos.